sábado, 21 de julio de 2018

LA FUENTE LILA.


Uno de los lugares mágicos que más han impactado al lector es la Fuente Lila. Ahí va un adelanto para quienes no conozcáis este misterioso enclave que a nadie deja indiferente….



1) Conversación entre Laia y Elena:


<<—¡Hostia! Ya sé dónde están los perros.

—¿Qué? ¿Dónde? — inquirió Elena expectante.

—Están en la Fuente Lila.

—¿Qué es eso? —preguntó Elena, abriendo exageradamente los ojos en señal de perplejidad.

—Están en la fuente de allí arriba. —Laia señaló a lo lejos con el dedo índice—. A ese lugar, Marina lo llama la Fuente Lila porque en primavera florecen los arbustos de tomillo y salen unas florecillas de color lila. Ella dice que en época de floración hay tanto tomillo que se refleja en el agua de la fuente, y el color lila resplandece en el lugar —explicó—. Bueno, pues el caso es que a esos perros se los ha llevado algunas veces ahí. Los perros se tumban donde está el tomillo mientras ella se sienta a descansar en una oquedad que hay en la montaña.

—Qué cosas más raras dice esta chica>>.



2) Paseo de Marina con la perra Erin.


<<Aquel día iban corriendo por el sendero principal, que tendría unos cinco metros de ancho. Acababan de adelantar a un jinete montado en un extraordinario caballo negro. La idea era continuar por el camino principal hasta llegar a una de las explanadas grandes y guarecerse del sol bajo los pinos, pero Marina decidió cambiar de planes. Quería ir a la Fuente Lila, hacía tiempo que no iba. La montaña le ofrecía una atractiva bifurcación, adentrándola en un paraje de angostos y sinuosos senderos. Escogió como otras tantas veces el camino de la derecha. La vegetación era muy frondosa; las ramas de los helechos y arbustos rozaban su cuerpo y tenía que apartarlos con la mano. El espacio se había estrechado considerablemente, sobre todo comparado con el

       camino que había dejado atrás; la incursión de un vehículo era totalmente imposible debido la estrechez y al suelo rocoso desnivelado.

Conforme avanzaba por la zona, Marina sentía más intensamente la humedad de la montaña en su piel. Apenas se filtraba un rayo de sol cada cien metros, en ocasiones debía agacharse para pasar por debajo de las ramas y lianas que le obstruían el paso. Los árboles se alzaban hasta el infinito vestidos de una exuberante hiedra y el musgo cubría gran parte de los laterales intransitables. Había unas rocas cuya altura sobrepasaba la cintura de Marina que parecían indicar el fin del camino, pero sólo en apariencia. Debía franquear aquella especie de muralla para llegar a la Fuente Lila.

Detrás de las rocas, el espacio se ampliaba considerablemente y la vegetación era más baja y menos frondosa. Reinaba la luz: los árboles dejaban de estar apiñados y se aliaban con el sol para que abrigara el lugar con su calidez. También estaba provisto de rincones frescos donde descansar y resguardarse del calor. Marina solía acomodarse era una cavidad en la montaña semejante a una madriguera de osos.

A aquella amplia explanada bañada por el sol Marina la llamaba la Fuente Lila porque estaba salpicada de tomillo en toda su amplitud, que en primavera se torna de ese color. El agua brotaba a través de las rocas a la altura de un metro del suelo, y en el curso de su peregrinaje enmohecía las rocas tiñéndolas de verde.

La perra la sobrepasó, hundió rápidamente el morro en el agua y empezó a beber. De repente, inesperadamente, levantó la cabeza y se puso en guardia mirando fijamente hacia un punto concreto, moviendo el hocico hacia ambos lados y levantando ligeramente la pata delantera derecha.

Marina se sobresaltó porque hasta allí llegaban pocas personas, y en cualquier caso, la calma de la montaña habría delatado a los senderistas o intrusos en cuestión.

Erin parecía confusa, emitía sutiles gruñidos al tiempo que balanceaba tímidamente la punta de su cola. Miraba de soslayo a su compañera, que ya había abandonado su guarida y se mantenía pegada a ella.

Por precaución, cuando Marina salía con los perros llevaba un rodillo de amasar en uno de los bolsillos de la mochila; lo sacó sin descolgársela de los hombros y lo asió firmemente. Vio una piedra maciza que le cabía en el puño y la agarró instintivamente. Ahora disponía de dos posibles armas que podían auxiliarla en caso de peligro. La montaña era un lugar apacible y sereno, pero podía perder esas cualidades y tornarse infernal si algún perturbado aparecía de improvisto con la intención de causar daño.

Oyó el sonido de su móvil indicando que le había llegado un mensaje, y suspiró profundamente al saber que disponía de inmediata accesibilidad al mundo exterior.

Erin no avanzaba ni un centímetro. De repente, la perra ladeó la cabeza agudizando todavía más sus sentidos, y justo desde la dirección en que clavaba la mirada se escuchó el sonido de unos pasos sigilosos. Marina aguzó la vista pero no vio nada por allí. Oyó el crujir de las ramas bajas de los árboles; parecía que hubiera alguien agazapado entre la maleza, observándolas.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó al bosque con voz trémula.

Pensó que podía tratarse de algún animal salvaje como un jabalí, pero no eran tan cautelosos. La teoría del animal salvaje se desvaneció en el aire. En aquel espacio de tiempo, sus improvisados movimientos lo habrían delatado.

Justo en el momento de atar a la perra y disponerse a salir corriendo se giró repentinamente. Vio cómo los tallos de tomillo se inclinaban y volvían a enderezarse pasados unos segundos, dibujando un camino serpenteante hasta llegar a un tronco abatido que inexplicablemente se movía solo.

El tronco gemía al tambalearse como si sobre él se meciera un niño juguetón. Pero allí no se veía a nadie. Marina barrió la zona con la mirada, y al constatar que no podía imputar la autoría de lo ocurrido al viento, se le aceleró el corazón.

Soltó la piedra y guardó el rodillo. Con Erin bien sujeta giró sobre sus talones y empezó a correr en dirección opuesta. Apenas recorridos unos metros, justo antes de cruzar las rocas que formaban la muralla, sintió una fuerte sacudida en su hombro derecho que le hizo detener abruptamente la marcha. La correa se le deslizó entre los dedos. Al girarse para intentar recuperarla vio la inverosímil estampa de Erin sentada sobre sus cuartos traseros, con las cuatro patas ancladas en la tierra y una fuerte determinación en la mirada que indicaba inequívocamente que no iba a huir de allí.

Marina, sobreexcitada, agarró la correa y tiró con vehemencia. La perra desobedeció reiteradamente sus súplicas.

—Erin, por favor, levántate —ordenó por última vez resoplando y con voz queda.

«Podría salir corriendo, la perra me seguirá. Si no lo hace, volverá ella sola», pensó.

Pero no lo puso en práctica porque sabía que se engañaba a sí misma. Lo más probable era que la perra reaccionara de forma imprevisible en su ausencia y se perdiera por la montaña.

En aquel frenético momento, un jilguero se posó en una rama a escasos centímetros entonando una armoniosa melodía. Marina se vio imbuida por aquel plácido cántico y su respiración fue recuperando paulatinamente el ritmo habitual.

La perra se levantó con la intención de volver al lugar que habían abandonado drásticamente y empezó a tirar de la correa. Marina sabía que no podía desatender aquella insistencia; si tanto se jactaba en público de aseverar que la mitad de su alma era canina, debía confiar en Erin.

Ocurrió el 18 de abril de 2009; el tomillo estaba en floración. Centró la mirada en los arbustos violáceos y aspiró el exquisito aire de la montaña. Y entonces vislumbró a una distancia de diez metros una figura traslúcida que caminaba con gracilidad entre los árboles que circundaban la zona. Aguzó la vista y constató que se trataba de una silueta masculina incorpórea, ataviada en un traje de época con sombrero de copa. Tenía la absoluta convicción de hallarse ante un espectro>>. 


El Cielo de los Perros, Marisa Béjar.